Edificio Barco, el regalo de una holgura

Artículo original en “El Bellas Arts”, número 5, publicado por Xanadu, Santiago de Chile, Octubre de 2015

El Edificio Santa Lucía, ubicado en Merced esquina José Miguel de la Barra, es una obra que en su época, no solo introduce un lenguaje moderno en una ciudad de habla neoclásica, sino que además, sabe jugar con todos los espacios de libertad que quedan luego de rendir tributo a las condicionantes básicas inherentes a toda obra de arquitectura.

Sergio Larrain Garcia-Moreno

Los requerimientos normativos, estructurales y de habitabilidad promueven en la mayoría de los casos el uso de trazos rectos, superficies horizontales y caras verticales, consolidándose volúmenes ortogonales como un hecho consecuente y natural. Habituados a esta rectangularidad en contextos urbanos, la aparición de curvas en los muros y vanos del edificio cautiva nuestra atención y nos da un respiro de los a veces monótonos ritmos que componen los planos de fachadas.

El uso de elementos curvos en arquitectura supone un grado de dificultad en la fase de diseño, y si la experiencia es exitosa requiere un acto de generosidad, ya que construirlos es más caro. En el Barco este valor se transfiere a los vecinos, que en dos de sus caras somos todos nosotros.

Aun cuando el edificio incorpora los mismos parámetros básicos que cualquier proyecto, no se ajusta de manera tan estricta a las líneas de edificación que lo contornean, los desaplomes en su fachada resultan en terrazas descubiertas, generando mediante balcones, vacíos en su envolvente que obsequian aire y luz a la calle. Buena práctica poco común en el sector inmobiliario, que por naturaleza busca aprovechar al máximo las condiciones de edificación, olvidando a veces el impacto que genera en su entorno.

Cada vez menos se topa uno con edificios que le aporten algo al ambiente público, por eso agradezco los privilegios otorgados por los colegas Larrain y Arteaga al cedernos un poco de su espacio aéreo, al dejar abierta una ventana para ver el cielo y asolear el suelo, pero sobre todo al regalarnos un pequeño viaje al mar todos los días.

Edificio Barco, el regalo de una holgura

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